Una familia real de moscas. Sus orígenes
Dave McCrakenUna familia real de moscas, sus orígenes.
Adaptación de un artículo de Dave McCracken, Fly tyer, Winter 1986
Nota: Pocas moscas pueden presumir de una historia tan rica, bien documentada y extendida a lo largo de más de 150 años. Dave McCracken presenta aquí la historia de una de las familias de moscas más populares de Norteamérica. Conocer el origen y la evolución de los patrones clásicos es una parte esencial —y particularmente interesante— de la pesca con mosca.
Los patrones de moscas artificiales se cuentan por miles. Aparecen y desaparecen como semillas de diente de león llevadas por el viento. Algunas sobreviven una temporada y pronto caen en el olvido. Otras perduran algo más y consiguen, con suerte, una pequeña mención en los registros históricos. Unas pocas, en cambio, llegan a convertirse en verdaderos clásicos, atados y pescados generación tras generación.
Y existe un grupo aún más reducido: el de aquellas moscas que no sólo sobreviven al paso del tiempo, sino que terminan dando origen a toda una estirpe de patrones.
Tal es el caso de la Coachman.
La historia atribuye su creación a Tom Bosworth, un cochero de la Casa Real inglesa —un auténtico conductor de carruajes tirados por caballos— que habría servido durante el reinado de tres monarcas británicos.
Se decía que Bosworth era también un excelente pescador y que aprovechaba sus horas de servicio para practicar el lanzamiento de una manera bastante poco convencional. Según cuentan, utilizaba el látigo de su carruaje para arrebatarles las pipas encendidas de la boca a desprevenidos transeúntes.
Fue hacia la década de 1830 cuando realizó su particular aporte a la historia del atado. Tomó una antigua y venerable mosca húmeda, la Brown Hackle, y le añadió alas blancas.
Las raíces de la Brown Hackle —aunque no necesariamente el patrón exacto— pueden rastrearse hasta algunas de las primeras moscas para trucha descriptas históricamente. Qué llevó a Bosworth a agregarle alas y qué pretendía representar entomológicamente con aquella nueva mosca son cuestiones que, probablemente, nunca conoceremos.
Pero cualquiera haya sido su intención original, la Coachman acabaría convirtiéndose en mucho más que una simple mosca.
Para las generaciones posteriores de pescadores y atadores pasó a ser una suerte de progenitora extraordinariamente fecunda: el punto de partida de una interminable proliferación de variantes y descendientes.
Antes de finalizar el siglo XIX ya existía una gran cantidad de patrones Coachman o derivados de ella.
Entre esos descendientes aparecieron la conocida Coachman Leadwing, creada por otro inglés, Henry R. Bacon, y la Royal Coachman, de la que se dice que fue atada por primera vez en Estados Unidos en 1878.

La Coachman original y la Brown Hackle fueron —y continúan siendo— excelentes patrones de pesca, capaces de sugerir una gran variedad de insectos habituales en los ríos trucheros.
Lo mismo puede decirse de la Leadwing, aunque hubo que esperar hasta la llegada de Preston Jennings para que, hacia 1935, se afirmara retrospectivamente que se trataba de una buena imitación de una efímera concreta: Isonychia bicolor.
Sólo cabe esperar que las truchas hayan agradecido aquella tardía aclaración.
Y, si no fue así, no tuvieron que esperar demasiado para que otros especialistas de la época aseguraran que tanto la Coachman como su pariente de alas oscuras representaban perfectamente frigáneas, plecópteros u otros insectos.
Estos intentos de encasillar a posteriori cada patrón dentro de una categoría entomológica quizá no hagan más que confirmar algo que el viejo Tom Bosworth probablemente sabía desde el principio: tanto la Coachman como la Brown Hackle eran magníficas moscas de carácter general, capaces de sugerir vida sin necesidad de imitar con exactitud un insecto determinado.
No puede decirse exactamente lo mismo de algunos de sus descendientes, en especial de la famosa Royal Coachman y de su pariente moderna, la Royal Wulff.
Habitualmente calificadas como moscas “atractoras”, ambas han recibido descripciones bastante pintorescas.
Ray Ovington, en su libro Tactics on Trout, definió a la Royal Coachman como “la creación más extravagante jamás concebida para engañar a una trucha”.
Lee Wulff, creador de la serie de moscas Wulff de alas de pelo —entre ellas la Royal Wulff—, fue algo más poético. Para él, aquella mosca era algo así como “un postre después del plato principal, un poco como un shortcake de frutillas”.
Imitativas o extravagantes, lo cierto es que las Coachman siguieron multiplicándose con el tiempo.
En una revisión relativamente reciente de antiguos y modernos catálogos de patrones, fue posible encontrar más de treinta versiones distintas.
Entre ellas había moscas húmedas, secas, ninfas, streamers, patrones para steelhead y modelos destinados a bass y bluegill.
Sus nombres recorren prácticamente todo el espectro: gris, amarillo, verde, plateado, negro, naranja. Algunos transmiten optimismo, como Surestrike o Superstrike; otros aluden a lugares, como California o Skagit. Y también están los nombres más excéntricos: Beedle Bug, Shammy Royal, Calicasou.
Incluso existe una mosca para steelhead denominada Plain Coachman que, observada con atención, parece completar el círculo: no es más que una Brown Hackle grande —es decir, la mosca de la que partió la Coachman—, pero sin las alas que Tom Bosworth había añadido.
Si a esa cantidad de patrones se le suman las incontables variaciones introducidas por los atadores —alas de pelo, alas abiertas, modelos sin alas, alas en abanico, diferentes materiales de cola, con o sin tag, además de variantes locales o regionales—, resulta fácil imaginar que el número de moscas que llevan el apellido Coachman podría ascender a centenares.
Un buen ejemplo de esta diversidad lo encontramos en la cola de la Royal Coachman.
El patrón original utilizaba fibras de pluma barrada del flanco de pato. Sin embargo, las recetas posteriores recomiendan materiales tan variados como fibras de tippet de faisán dorado, fibras marrones de hackle, fibras rojas de hackle y, en palabras del autor, su opción favorita: “diecisiete pelos cortos de la cola de una mangosta malaya que se alimenta del pinzón púrpura”.
La exageración, por supuesto, forma parte de la broma.
La mayoría de los patrones de moscas tienen una vida breve. Son como las modas pasajeras: aparecen, despiertan entusiasmo durante un tiempo y luego desaparecen. Algunas duran apenas más que el insecto adulto que intentan imitar.
Eso ocurrió también con buena parte de las numerosas variantes Coachman. Muchas han terminado convertidas en simples curiosidades históricas, escondidas en las páginas de libros que ocupan las bibliotecas de los pescadores.
Hoy, incluso un buen pescador de truchas probablemente tendría dificultades para nombrar más de cinco moscas de la familia Coachman.
Las cuatro primeras serían, casi con seguridad, la Coachman, la Royal Coachman —o quizá la Royal Wulff—, la Leadwing y la California.
¿La quinta?
Probablemente sería alguna variante local supuestamente infalible que, pese a no guardar prácticamente ningún parecido con las anteriores, conserva orgullosamente el apellido Coachman. Algo así como una imaginaria Danny Boy’s Squaxin Island River Super Snag Coachman, variante n.º 1.
En la actualidad sería extraño recorrer una tienda de artículos de pesca y no encontrar alguna de esas variantes. Pero más extraño aún sería no hallar a las dos grandes sobrevivientes: la Coachman y la Royal Coachman.
Son los auténticos clásicos.
Arthur Carhart, en su libro Freshwater Angling, publicado en 1949, reunió datos interesantes sobre la popularidad histórica de ambos patrones.
Según sus investigaciones, en 1892 la Coachman era la mosca más popular, mientras que la Royal Coachman ocupaba el décimo lugar.
Al estudiar qué moscas compraban efectivamente los pescadores estadounidenses en 1935 y nuevamente en 1947, Carhart descubrió que la Royal encabezaba ambas listas, mientras que la Coachman todavía ocupaba el duodécimo puesto en 1947.
Mi propia investigación no es tan extensa, pero también sugiere que varias moscas de la familia Coachman —y especialmente la Royal— han mantenido una notable popularidad.
Las recopilaciones modernas de patrones continúan incluyendo recetas de la Coachman, la Coachman Leadwing y la Royal. Algunas incorporan también la California.
Otra referencia interesante aparece en el libro de Bob Wilson y Richard Parks, Tying and Fishing the West’s Best Dry Flies, publicado en 1978.
Los autores reunieron allí las moscas secas favoritas de 89 propietarios de fly shops y comercios de pesca del oeste de Estados Unidos. Cada uno mencionó entre uno y seis patrones.
De un total de 399 menciones, los patrones relacionados con la Coachman aparecieron 43 veces. Como patrón individual, sólo fueron superados por la Adams, dejando de lado el conjunto de imitaciones de caddis consideradas como grupo.
De esas 43 menciones, nada menos que 31 correspondieron a la Royal Wulff, la versión de cola y alas de pelo emparentada con la tradicional Royal Coachman.
Conviene recordar que aquella encuesta reflejaba las moscas secas preferidas por comerciantes del oeste estadounidense, y no las moscas húmedas y secas más vendidas en todo el país, como ocurría en el estudio anterior de Carhart.
Sería muy interesante repetir hoy una investigación semejante.
Mi impresión es que tanto la Coachman como la Royal volverían a aparecer entre las favoritas.
En cualquier caso, ambas han disfrutado de una popularidad extraordinariamente prolongada.
¿A qué se debe?
¿Poseen acaso algún misterioso poder que las vuelve irresistibles para las truchas? ¿Existe algún extraño magnetismo que atrae a los peces hacia ellas?
Si fuera así, uno se preguntaría por qué semejante magia no funciona siempre. Después de todo, uno puede regresar perfectamente sin una sola captura pescando con cualquiera de ellas, del mismo modo que puede hacerlo utilizando cualquier otra fantasiosa combinación de pelos y plumas.
Hablando más seriamente, tanto la Coachman original como la Leadwing tienen claramente aspecto de “bicho”.
Son excelentes patrones representativos: moscas que sugieren de manera convincente el tipo de insectos de los que se alimentan habitualmente las truchas y otros peces.
Pero ¿qué ocurre con la Royal, esa extravagante combinación de colores que parece un shortcake de frutillas?
Las explicaciones formuladas a lo largo de los años, solemnes, sesudas o directamente pomposas, podrían ser tantas como estrellas hay en el universo.
Cada pescador es libre de elegir la que más le guste.
La verdadera explicación de la popularidad de la Royal Coachman, sin embargo, probablemente sea mucho más sencilla.
El buen pescador, tanto en tiempos de Tom Bosworth como en la actualidad, es ante todo pragmático: utiliza aquello que comprueba que funciona.
Y durante aproximadamente un siglo y medio, estos dos patrones han funcionado.
Lo han hecho lo suficientemente bien como para generar en los pescadores una confianza que ha sobrevivido a innumerables modas y a muchos otros patrones que, durante un tiempo, disfrutaron de gran popularidad.
También han sobrevivido al olvido que alcanzó a numerosos hermanos, hermanas, primos y parientes lejanos de una estirpe que, con toda justicia, puede considerarse una verdadera Familia Real de moscas.


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